Vayamos por partes, como diría Jack.
Primer punto del día, y absolutamente determinante en los que le suceden; tengo la regla. Estoy hinchada, granulada, dolorida, hormonada, desganada, y perdonada por todos vosotros que tendréis que haceros cargo de mi estado y no tener en cuenta los daños o perjuicios que pueda causaros en estos 2 o 3 días fatales. Hasta ahora se ha considerado un atenuante cometer delitos bajo los efectos de cualquier sustancia que altere la conducta lógica del ser humano. Mis hormonas no serán menos.
Hoy han llegado mis gafas nuevas. Rojas y de pasta. Mi madre quería que me comprara las negras, me dan carácter, dice. Lo último que yo necesito, por cierto. Carácter es en mi ser como el michelín que se sale por mi pantalón apretado. Gracioso, a veces, coñazo, a menudo.
Mis gafas tienen partes rosa. Hecho desconcertante para quien diga conocerme. Y es que en mi afán por ablandar el carácter que burbujea a fuego lento en mis entrañas, producido por los genes imparables que me conforman, quise pensar que un pacífico rosita podría servir de conciliador.
Así es que desde hoy je vois la vie en rose,
un poquito,
y con las gafas.
Respecto a ti, amiga, que no conoces la existencia de este diario público de a veces que yo escribo, no sabrás la alegría que me produce pensar que quizás consigamos con el tiempo recobrar algo parecido a lo que un día tuvimos tanto.
Y mucho más que no diré porque, igual que cuando uno bebe, ahora, bajo los efectos de la progesterona, puedo desvelar cosas que después lamente haber confesado.
Es mucho más divertido cuando no sabéis a qué ateneros.
